martes, 27 de abril de 2010

Aburrimiento.

La vida no es como en las películas. Ni como en las series. Ni siquiera lo que se relata en las novelas que intentan, pobremente, reflejar la realidad.


La vida tal como la estaba viviendo yo, a mis escasos 27 años, era un cúmulo de aburrimiento. Basado en la repetición, día a día, de las mismas y lamentables actuaciones, en la misma y eterna obra de teatro, que jamás iba a debutar en cartel.

Desde siempre, quería ser actor, y poder hacer un musical en Broadway, esa era mi máxima aspiración. Pero había caído en la peor de las compañias de la isla, y ello implicaba que nunca saldría de la isla para hacer algo decente.


Si es que lograba hacer algo aquí.

Estupidez.

Las cosas no me iban bien. Nada de nada. Ni con mi familia, ni con mi pareja, ni con nada ni nadie en absoluto. 

Aún así, seguía levantándome día tras día para ir al hospital. Problemas de estar enfermo, supongo, y tener que conducir una buena media hora para ir a ponerme la medicación pertinente.

Pero ya estaba cansado de eso. ¿Donde quedaba ese niño soñador que una vez fui? 


Murió, sin duda alguna, pasto de la crueldad del mundo real. Inmerso en una madurez precoz, la cual solo le daba tristeza a raudales.

El caso era que no sabía por donde seguir, si obviar los avisos que mi cerebro me daban y continuar como si nada, o largarme lejos, sin decir nada a nadie, y empezar de nuevo en otra parte.

Pero el problema radicaba en que estando enfermo, debía como mínimo, y como es de sentido común, avisar a mis doctores para que me dieran un informe detallado para llevar donde quisiese empezar con mi nueva vida. Y vivir como enfermo en otra parte, era igual a no haberme ido.


Así que decidí hacer el último viaje, ese en el cual viviría tremendas emociones, y en el que perecería.